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Cultura Comunista

Durante los primeros años del gobierno soviético, la mayoría de los artistas rusos disfrutaron de una etapa de gran productividad. Cambios e iniciativas nuevas tuvieron lugar al término de la Revolución Rusa, como consecuencia de la abrupta ruptura con el pasado (tanto en el plano político como social) que el gobierno soviético propició para construir un futuro socialista y moderno. En el arte, especialmente, aumentó significantemente el uso de diseños modernos ya que los estilos tradicionales y conservadores del pasado fueron abandonados debido a su vínculo cultural con el zarismo. Los cierres decretados por el estado de las escuelas y academias de arte de la época imperial abrieron la puerta a nuevos talleres de arte gratuitos, museos populares, exhibiciones itinerantes y festivales de arte revolucionario, todos ellos patrocinados por el estado. [Continúa en la parte inferior de la página]

Sin embargo, tanto durante de la Revolución Rusa de 1917 como una vez terminada, la atmósfera de cambio en el arte fomentó corrientes de competitividad cultural. El mundo del arte tradicional y del arte radical lucharon por no sólo para ser aceptados sino también para dominar el ámbito artístico en la incipiente Unión Soviética. Al final de todo el esfuerzo, la gran mayoría de los artistas perdió esta lucha. Las normas del gobierno impusieron una multitud de controles políticos sobre la pintura, la escultura, el diseño gráfico, las artes visuales, la música, y la palabra -escrita y hablada. Antes de que estos controles se convirtieran en algo común en la sociedad soviética, el movimiento Cultura Proletaria (Prolekult) abogó por un futuro completamente nuevo construido por y para los trabajadores. Su misión desafió radicalmente la preferencia por los estilos de arte más tradicional de los miembros de la élite del partido. En la década de los años 20 del siglo XX, el movimiento vanguardista creó la base para otro movimiento de arte revolucionario en Rusia – el constructivismo.

Como parte central de su filosofía, el constructivismo defendía una forma funcional, sin ningún tipo de adorno, como forma de avance social. Artistas como Alexander Rodchenko construyeron lugares de reunión de obreros, garajes para el transporte público, viviendas y otros tipos de estructuras que rompían bruscamente con la arquitectura rusa tradicional. El poeta y artista gráfico Vladimir Mayakovsky creó carteles de propaganda, y diseñó libros y anuncios con una visión vanguardista. El director de cine Dziga Vertov produjo películas experimentales que fueron revolucionarias por su cinematografía y montaje, mientras que otros artistas constructivistas desafiaban los temas tradicionales en fotografía, teatro y otros medios.

Estilísticamente, el color rojo estaba en el centro de la cultura soviética. No era, en absoluto, una tonalidad contemporánea. Para los rusos la palabra krasnaia significaba “rojo” pero también podía significar “bello”. El color rojo está ligado a la vida, ya que es el color de la sangre, y también es el color simbólico con el que se representa el sol. Los ciudadanos soviéticos, con toda seguridad, recibieron con los brazos abiertos que el estandarte del socialismo fuera diseñado en color rojo, en parte también porque este color estaba tradicionalmente asociado con la iconografía de la Iglesia Ortodoxa rusa. Mientras que la élite soviética trataba a la religión como un paria, hizo que sus ciudadanos crearan una “esquina roja” en sus casas y/o en sus lugares de trabajo donde poner un icono moderno de Vladimir Lenin, el padre de la revolución.

Durante el Primer Plan Quinquenal (1928-32), tanto la Asociación Rusa de Escritores Proletarios como los críticos que decían hablar en nombre de la clase trabajadora denunciaron que la cultura pre-revolucionaria y el vanguardismo de los años 20 eran inaccesibles. Atacaron la cultura importada como emblemática de la permisividad de la época de la ahora rechazada Nueva Política Económica, lo que terminó con la importación de películas y con una breve Edad del Jazz en la opresiva Rusia soviética. Algunos eruditos, con posterioridad, la describieron como una “cultura de la revolución,” un término anacrónico que, no obstante, resulta apropiado para la transformación cultural que tuvo lugar bajo Iósif Stalin. Para 1932, Stalin ya había intervenido para imponer homogeneidad. Descontento tanto con el vanguardismo como con los revolucionarios culturales, delegó en las autoridades el imponer un ideal que fuera accesible a las masas, cuyo contenido fuera socialista, y cuya base fueran las tradiciones nacionales. La opinión del público fue tenida en cuenta por estos funcionarios a la hora de crear un arte político con temas socialistas apropiados. Los funcionarios gubernamentales se apoderaron de los consejos editoriales e instauraron instituciones para imponer el Realismo Socialista en el arte y en la literatura. Era realismo solamente porque trataba de temas de la vida diaria, pues los escritores y los artistas evitaban representar la realidad caótica del presente y, en su lugar, visualizaron no lo que era, sino lo que debería ser y lo que, idealmente, pronto sería esta realidad.

Predominaban los temas que trataban sobre fábricas, progreso industrial, minas y granjas colectivas, mientras que los fervientes héroes comunistas -obreros, ingenieros y trabajadores de las granjas colectivas- eran los personajes apropiados a este ambiente. La calidad del trabajo sufrió, ya que un buen número de escritores de talento permanecieron en silencio por miedo a sufrir una persecución política, mientras que los artistas visuales se centraban en producir material predeterminado. Las obras de Realismo Socialista resultaron ser populares con las masas ya que se ceñían al espíritu de la época centrado en alabar los logros conseguidos bajo la supervisión benevolente de Stalin -y porque no había otras tendencias a las que enfrentarse.

El conservadurismo de los años 30 continuó hasta bien entrada la década de los años 50 del siglo XX, momento en que las actitudes no conformistas estuvieron bajo un ataque renovado durante los primeros años de la Guerra Fría. De manera simultánea al temor rojo que se estaba extendiendo por Estados Unidos, [en la Unión Soviética] se realizaron campañas contra el “cosmopolitismo desarraigado” en el arte, la ciencia, y otras iniciativas en las que se vilipendiaba a cualquiera que tuviera cualquier tipo de conexión con comunidades internacionales. Debido al ambiente antisemítico, existía siempre un recelo contra las personas de origen judío. En 1953, a la muerte de Stalin, la cultura comunista parecía congelada. Más adelante ese mismo año, varios escritores comenzaron a atacar la estética del Realismo Socialista y sus fallos morales: héroes unidimensionales, antagonistas caricaturizados y conflictos simplistas. En las revistas literarias de élite se exigía “verdad” y “honestidad”. En 1954, Ilya Ehrenburg publicó su novela de época El deshielo, la cual motivó la aparición de una nueva literatura. Reemplazando la infalibilidad de las antiguas películas patrióticas, un nuevo cine comenzó a cuestionar las relaciones personales, la moralidad, el honor, y otros temas complejos que antes eran considerados tabú. Sorprendentemente, a Alexander Solzhenitsyn se le autorizó publicar Un día en la vida de Iván Denisovich, una novela cuyo héroe surcaba el mundo enclaustrado de los Gulags, lleno depravación y ambigüedad moral. Siempre sujetas al visto bueno oficial, traducciones oficialmente autorizadas de obras literarias extranjeras, incluso procedentes de países occidentales, lentamente comenzaron a aparecer.

La muerte del Realismo Socialista no fue una luz verde para un aperturismo sin control. Boris Pasternak no recibió la autorización para publicar su novela Doctor Zhivago en la Unión Soviética, y tuvo que ir hasta Italia para publicarla. En 1958, Pasternak recibió el Premio Nobel de Literatura. Nikita Khrushchev denunció su representación de la revolución y lo persiguió. El ambiente se volvió más represivo cuando Khrushchev dejó el poder en 1964. Sus sucesores juzgaron y condenaron a Andrei Siniavskii y Iulii Daniel por haber publicado en el extranjero, bajo pseudónimo, obras que criticaban la sociedad soviética. De manera clandestina, obras de llamativa apariencia circulaban como samizdat, es decir, como materiales “autopublicados” que habían sido meticulosamente copiados usando una máquina de escribir. Había artistas que durante el día producían obras siguiendo las pautas del arte, la publicidad y trabajos oficiales usando los materiales que tenían a mano para, por la noche, crear obras no-conformistas que rara vez eran vistas en público.

La Cultura de Élite oficial siguió siendo conservadora, aunque brilló de manera excepcional en música y ballet clásicos. Había ocasiones en que se mostraron obras innovadoras, como las películas del director Andrei Tarkovskii, pero solo en pequeños cines privados, a pesar de que estas películas adquirieron fama internacional. El éxito de público fue para las películas de guerra épicas, una película sobre un hombre-anfibio, y una serie de televisión que narraba las proezas dramatizadas de un agente soviético dentro del régimen Nazi. La música popular siguió restringida tanto en forma como en contenido, mientras que cantautores clandestinos, como Vladimir Vysotsky, lograron alcanzar un gran éxito, mientras sus canciones se difundían a través de copias en casetes. A partir de la década de los años 50 del siglo pasado, los amantes de la música lograron hacer circular discos occidentales de rock and roll copiados en placas usadas de rayos X, una innovación que, por ejemplo, permitió a los Beatles entrar en los apartamentos soviéticos.

Tras 1985, la política de glasnost, o “de apertura”, de Mikhail Gorbachev permitió que una ola de cultura popular extranjera entrase en la Unión Soviética. Después de haber estado confinada a la clandestinidad durante los años 70 y el inicio de los años 80, la música rock cantada en ruso, y que reflejaba los sentimientos de los rusos, salió con fuerza a la luz. Películas prohibidas se mostraron en cines. Los lectores podían comprar libros de Solzhenitsyn y otros autores exiliados, y podían tener acceso libremente a obras literarias escritas hacía décadas y que anteriormente no habían tenido la posibilidad de haber sido publicadas. Glasnost también eliminó el control del estado sobre las artes. Mientras que el final de los años 80 fue considerado como un periodo de libertad cultural por un segmento de la población soviética, también alienó a generaciones de soviéticos que se sentían a gusto con el sistema, para ellos familiar, de su pasado reciente.

Lecturas recomendadas y referencias

Jeffrey Brooks, Thank You, Comrade Stalin! Soviet Public Culture from Revolution to Cold War (Princeton University Press, 2000).

Sheila Fitzpatrick, The Cultural Front: Power and Culture in Revolutionary Russia (Cornell University Press, 1992).

Mosfilm (Soviet Films with English subtitles) https://www.youtube.com/playlist?list=PL4dWJMOQ_a1TgayrpaB-SEVJhHC58U1wU

Pete Paphides, "Bone Music: The Soviet Bootleg Records Pressed on X-Rays," The Gaurdian, January 29, 2015, https://www.theguardian.com/music/2015/jan/29/bone-music-soviet-bootleg-records-pressed-on-xrays?CMP=share_btn_link.

Seventeen Moments of Spring, "Literature" http://soviethistory.msu.edu/theme/literature/.

Sasha Raspropina, "Rock in the USSR: New Photos of the Leningrad Underground during Perestroika," https://www.calvertjournal.com/features/show/6563/igor-mukhin-leningrad-photos-perestroika-viktor-tsoi

Richard Stites, Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution
(Oxford University Press, 1991).

Richard Stites, Russian Popular Culture: Entertainment and Society since 1900  (Cambridge University Press, 1992).